¿Y si después de morir no olvidásemos quiénes fuimos? ¿Y si tuviéramos que vivir de nuevo lamentándonos por no poder recuperar nuestra vida pasada?
Quizá conservaríamos algún recuerdo. Un rostro, una voz, el tacto de unas manos que ya no podemos alcanzar. Quizá buscaríamos desesperadamente algo que nos devolviera a quienes fuimos, aunque solo sirviera para recordarnos que aquella vida ya no nos pertenece.
En el mundo Pokémon existe una criatura que parece condenada a hacer precisamente eso. No recuerda su pasado a través de fotografías, diarios o relatos de sus seres queridos. Lo lleva consigo, literalmente, entre sus manos y, de vez en cuando, lo contempla.
Entonces llora.
Abrimos el expediente Pokémon.
Un rostro que no debería existir
Yamask es un Pokémon de tipo Fantasma introducido en la quinta generación, en los juegos Pokémon Negro y Pokémon Blanco. Su aspecto no parece especialmente amenazador a primera vista: una pequeña criatura oscura que sostiene una máscara de color dorado. Sin embargo, cuando nos acercamos a la información de la Pokédex, descubrimos que esa máscara es mucho más que un simple objeto.
Según sus entradas oficiales, representa el rostro que Yamask tenía cuando era humano. La criatura conserva recuerdos de aquella existencia y, cuando contempla la máscara, rompe a llorar.
Deteneos un momento a pensar en ello. No estamos hablando de un Pokémon que imita a los humanos, que adopta su apariencia o que se limita a guardar un objeto de su entrenador. Estamos ante una criatura cuyo propio trasfondo establece una conexión directa con una vida humana anterior.
Yamask no lleva una máscara para ocultar su identidad. La lleva porque esa máscara es lo que queda de ella.
La condena de recordar
En muchas historias de terror, los fantasmas son peligrosos porque se niegan a abandonar el mundo de los vivos. Permanecen ligados a un lugar, a una persona o a un acontecimiento que no han conseguido superar. Su existencia se convierte en una condena, una repetición interminable de aquello que les impide descansar.
Yamask nos plantea una realidad aún más cruda: ¿y si el tormento no estuviera en el lugar donde morimos, sino en recordar quiénes éramos?
Imaginad despertar convertido en algo que ya no reconocéis. Tener recuerdos de una vida que no podéis recuperar, de un rostro que ya no es el vuestro y de un mundo al que ya no pertenecéis. No poder regresar a casa, hablar con vuestros seres queridos ni siquiera reconoceros en un espejo. Y, aun así, conservar una prueba de que todo aquello existió.
La máscara de Yamask es esa prueba. Una reliquia de su antigua identidad que puede contemplar, pero que no le devuelve lo que ha perdido.
La Pokédex no nos explica qué recuerdos conserva exactamente, cuánto entiende de su transformación ni qué siente cuando llora. Todo lo que va más allá de esa información pertenece a nuestra interpretación. Pero precisamente ahí reside lo inquietante de esta criatura: el juego nos proporciona los elementos y deja que seamos nosotros quienes imaginemos el resto.
Porque quizá lo peor no sea olvidar una vida… Puede ser que sea recordarla perfectamente y no poder volver a ella.
¿Qué ocurre cuando Yamask evoluciona?
La historia no termina con Yamask. En la región de Teselia, esta criatura evoluciona a Cofagrigus, un Pokémon de tipo Fantasma con la apariencia de un sarcófago dorado.
El cambio resulta especialmente perturbador si tenemos presente el origen de Yamask. Pasamos de una criatura que sostiene el rostro de su antigua vida a otra que recuerda a un ataúd egipcio, un recipiente asociado a los muertos y a los rituales funerarios.
La Pokédex atribuye a Cofagrigus un comportamiento peligroso: puede atrapar a quienes se acercan demasiado y convertirlos en momias. También se le relaciona con el oro y con la capacidad de engañar a quienes confunden su cuerpo con un sarcófago auténtico.
¿Significa esto que Yamask está destinado a convertirse en una criatura hostil? No podemos afirmarlo. La evolución no demuestra que haya perdido sus recuerdos, que haya olvidado su humanidad ni que su tristeza se transforme necesariamente en maldad. Pero la imagen es difícil de ignorar.
No sabemos si existe una relación entre ambos conceptos más allá de su evolución y de su temática funeraria. Sin embargo, desde una perspectiva narrativa, resulta inevitable preguntarse qué queda de aquella antigua identidad cuando la criatura adopta una forma tan distinta.
¿Sigue mirando su máscara? ¿Continúa recordando? ¿O llega un momento en que el pasado deja de importarle? La historia de Pokémon no nos permite responder a esas preguntas, pero con lo perturbadora que se ha mostrado… quizá sea mejor así.
Una historia de terror sin necesidad de inventar monstruos
El universo Pokémon está lleno de criaturas cuyas descripciones parecen sacadas de una antología de terror. Algunas se alimentan de emociones, otras aparecen vinculadas a tragedias y muchas están rodeadas de rumores que los jugadores han convertido en leyendas.
Yamask destaca porque su historia no necesita una maldición inventada ni un creepypasta para resultar inquietante. Su trasfondo oficial ya nos habla de una criatura que recuerda su existencia humana y llora al contemplar el rostro que tuvo. Lo demás (su posible sufrimiento, la naturaleza de sus recuerdos o la manera en que afronta su nueva existencia) queda abierto a la interpretación.
No sabemos quién fue Yamask antes de convertirse en Pokémon. No conocemos su nombre, su historia ni las circunstancias de su muerte. Tampoco sabemos si desea regresar a su antigua vida o si, simplemente, no puede evitar aferrarse a ella. Solo sabemos que conserva su rostro… y que llora cuando lo mira.
Si algún día encontráramos una máscara que representara nuestro propio rostro y descubriéramos que una criatura desconocida la contempla entre lágrimas, ¿nos atreveríamos a preguntarle quién fue? ¿O tendríamos demasiado miedo de escuchar la respuesta?
Cerramos el Expediente Pokémon. Por ahora.

